La imagen de un país es el reflejo de su justicia. Cuando el poder encargado de hacer cumplir la ley se repliega sobre sí mismo, protege a los suyos y castiga a quien denuncia, la justicia deja de ser un valor universal y se convierte en el privilegio de unos pocos. Ese es el espejo en el que España debería atreverse a mirarse.
El tercer pilar que nadie vota
El Estado de Derecho se sostiene sobre tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Los dos primeros se renuevan en las urnas; al Gobierno y al Parlamento podemos cambiarlos cada cuatro años. El tercero, en cambio, está formado por funcionarios de carrera con una inamovilidad que la Constitución concibió como garantía de independencia, pero que, sin controles reales, puede degenerar en impunidad.
Por eso el poder judicial es la última frontera: si los otros dos fallan, los tribunales deberían corregirlos. Pero si es la propia justicia la que sucumbe a la corrupción, al corporativismo o a la obediencia política, ya no queda instancia interna a la que acudir. Y ese es, precisamente, el escenario que denunciamos.
No es el «typical Spanish»
En dos siglos hemos conocido más de siete constituciones, guerras civiles y rupturas institucionales. Con ese pasado, se ha extendido una explicación cómoda: nuestras deficiencias serían parte de una supuesta idiosincrasia nacional. Es una coartada. Lo que subyace no es un rasgo cultural, sino la consolidación de redes clientelares que se disfrazan de legalidad y que secuestran la confianza ciudadana en las instituciones.
Los datos europeos lo confirman año tras año. El Cuadro de Indicadores de la Justicia en la UE sitúa a España entre los Estados miembros en los que los ciudadanos y las empresas perciben peor la independencia de sus jueces, y la principal razón aducida es la injerencia o presión del Gobierno y de los políticos. Los informes anuales sobre el Estado de Derecho de la Comisión Europea llevan años reclamando, además, una reforma del sistema de elección del órgano de gobierno de los jueces.
El precio de levantar el velo
Los medios dedican amplios espacios a la corrupción en otros países, pero cuando se trata de examinar posibles tramas en nuestros propios tribunales el silencio es ensordecedor. ¿Por qué? Porque enfrentarse a una estructura que se protege a sí misma tiene un coste: quien denuncia puede acabar convertido en acusado.
El ejemplo más crudo es el de un juez que, tras denunciar ante la Agencia Tributaria presuntas cuentas no declaradas de altos magistrados en paraísos fiscales, lleva más de dos años privado de libertad. Ninguna institución —ni el Consejo General del Poder Judicial, ni la Fiscalía— ha actuado de oficio para esclarecer si esas denuncias tenían fundamento. Ese es el mensaje que recibe el ciudadano: ponerle el cascabel al gato se paga caro.
Una democracia sólida no puede construirse sobre un poder judicial opaco y corporativo, sino sobre jueces responsables, sometidos al mismo escrutinio que exigen a los demás.
Lo que pedimos
- Un sistema de nombramientos judiciales basado en el mérito y ajeno a los pactos partidistas, como recomiendan el Consejo de Europa y la Comisión Europea.
- Mecanismos efectivos de responsabilidad disciplinaria, patrimonial y penal de jueces y magistrados, tramitados con transparencia.
- Declaraciones de bienes públicas y verificables para quienes ocupan los más altos cargos judiciales.
- Protección real a los denunciantes de corrupción, también cuando lo denunciado afecta a la propia justicia.
Motivos para no rendirse
Esta situación, aunque desoladora, ha servido de catalizador para el nacimiento de asociaciones y movimientos ciudadanos que reclaman transparencia e independencia real de la justicia. Nosotros hemos encontrado en esta lucha un motivo de unión. Solo cuando abramos las ventanas de los tribunales para que entre la luz podremos aspirar a un país donde la ley no sea un arma contra el débil, sino un escudo que lo proteja.
Seguiremos existiendo, denunciando y resistiendo mientras esta realidad no cambie. Porque la grandeza de un país se mide por la dignidad de quienes no se resignan.